De la infidelidad y otros demonios
Y precisamente, porque la vida no es rosa, ni salida de cuentos de hadas, cuando una relación es victimizada por la infidelidad, esto puede generar un desmoronamiento de las bases que en algún momento fueron sentadas por la pareja.
Esta ética de la fidelidad está fundada en la lucidez, pues sabe que el deseo existe, y que a veces surge repentinamente y donde menos se le esperaba. No ceder es renunciar a un placer inmediato por respeto a la idea que se ha formado de su pareja y de su vida (Muldworf, 1972, p.280).
Una encrucijada que se presenta en muchas relaciones de pareja, donde una de las partes se encuentra frente a frente con un “objeto de deseo”, que se ve tentado a “poseer”; así sea tan solo por unos pocos minutos, pero con la finalidad de satisfacer una curiosidad por el “otro” que representa la novedad. En la mayoría de las ocasiones, lo que se siente por el outsider es fascinación, sin llegar a sentir “amor” como tal.
Por otro lado, Rougemont agrega que los moralistas y ciertos sociólogos han intentado probar que la monogamia es natural, y además que es saludable. Eso se discute hasta el infinito. Y nos será de lo más útil cuando los hombres se rijan según la razón y el interés, cuando ya no tengan pasiones, cuando dejen de preferir el error como tal (1978, p. 309).
Este autor admite que el hombre por naturaleza “prefiere el error” y en su condición de monogamia obligada (¿o podría ser aprendida?), se le presenta una dificultad instintiva para mantenerse fiel a una sola persona.
Por ello y continuando con las ideas de Rougemont, “contentarse con no engañar a la mujer sería una prueba de indigencia y no de amor. La felicidad quiere mucho más, quiere el bien del ser amado, y cuando actúa para ese bien crea ante ella al prójimo” (p. 313).
Permitiendo vislumbrar el punto donde radica la fortaleza del amor y la fidelidad, pues efectivamente, el individuo no se debe enorgullecer de haber evitado la salida con otra mujer u hombre, sino debe enorgullecerle que su relación es sólida y en la búsqueda del bienestar para ambos, no cabe la idea de cometer una infidelidad.
Marina justifica la infidelidad de muchos con un concepto al que llama reciprocidad posesiva, en el cual “la única posibilidad de ‘amor eterno’ sería la inagotable inquietud acerca de la veracidad del amor del otro. Dicho así, no me extraña que tanta gente prefiera un divertido amor efímero a un obsesivo amor perpetuo” (2002, p. 38).
Como lo dibuja este autor, la fidelidad recíproca forma parte de un juego de poder, en el cual se supone que ambas figuras viven obsesionadas por comprobar continuamente la veracidad del amor del otro. Esta es una situación que para muchos puede resultar insostenible, pues estar en constante verificación de un sentimiento puede ser algo poco fructífero a largo plazo. Es por esto que ante las obligaciones y compromisos que trae consigo la fidelidad, la infidelidad asoma una vía alterna de respiración para aquellos que se sienten atrapados en la rutina diaria. Pues este tipo de relaciones suelen ser eventuales y no generan mayores compromisos, como bien dijo Marina, “son efímeras”.
Este autor cita en su texto a Castilla del Pino, para explicar que éste último ve el amor como deseo y “desear un objeto es tratar de adueñarse del mismo ‘poseerlo’ en su totalidad o en alguna parte de él; la posesión del objeto deseado depara seguridad en sí mismo, una forma de potenciación del self, pues los objetos deseados tratan de poseerse para la satisfacción de sí mismo y la que deriva de su ostentación” (2002, p.38). Otra afirmación que confirma, aún más, la posición en la que ambas partes de la relación se adueñan la una de la otra, generando una sensación de bienestar, al sentirse seguro junto a su pareja Sin embargo, el error viene ligado a esa seguridad, que por pecar de excesiva, en muchas ocasiones enferma el sistema de la relación, con la rutina diaria y el abandono de la creatividad e iniciativa para realizar actividades nuevas, que tengan como finalidad el encuentro de la pareja con ánimos renovadores. FIN
BIBLIOGRAFÍA
Lipovetsky, G. (1994). El crepúsculo del deber. Barcelona: Editorial Anagrama.
Marina, J. (2002). El rompecabezas de la sexualidad. Barcelona: Editorial Anagrama.
Muldworf, Bernard. (1972). El Adulterio. Madrid: Editorial Guadarrama.
Rougemont, D. (1978). El amor y Occidente. Barcelona: Editoral Kairós.